LUCES EN LA OSCURIDAD

Viernes, 14 de Noviembre de 2008, 08H30.


El sol desde el solsticio de verano, alrededor del 21 de julio, sale cada mañana un poco más hacia el sur disminuyendo paulatinamente su tiempo de presencia en nuestro cielo. Esto estará haciendo hasta el solsticio de invierno, allá por el 20 de diciembre.
Desde la pálida alborada hasta su rojizo ocaso, ilumina nuestro entorno.
Debe pasárselo bien a ciento cincuenta millones de kilómetros de nosotros, viendo como miles de millones de personas, casi toda la humanidad, le hacemos la ‘ola’ cada día. El nos levanta y acuesta con sus poderosos rayos de luz, manejando el interruptor de nuestras vidas.
Cambiamos nuestro nocturno descanso por la actividad que nos hace pulular por la superficie de la Tierra, permitiéndonos observar la perfección de la naturaleza, los ojos de nuestros hijos, la siempre bella cara de nuestra esposa o la sonrisa de un amigo.


Evapora el agua de los océanos, calienta la tierra y el aire creando los vientos, aporta la energía vital necesaria para que se puedan realizar las funciones básicas de variados procesos del mundo animal y vegetal, pero sobre todo nos muestra las coloreadas luces y sombras que perfilan nuestro incierto caminar diario. Ilumina con celo paternal los caminos a transitar. Muestra su divina autoridad, pues no le podamos mirar. Transmite a nuestro ser la fuerza oculta en su interior, y los rayos de luz de cada orto permiten nuestro diario vivir.


Llegado el momento hace mutis por el horizonte y en suave pero inexorable caída se esconde entre caleidoscópicos juegos de rojizos colores en armoniosa y fluida danza. No para que lo busquemos, porque nos ha revelado que acudirá puntualmente a su cita con nosotros a la siguiente mañana.


Solo trata de abrir el camino a la magna belleza de la noche, permitiéndonos observar la extraordinaria perfección del universo.
En su suave decaer nos rodea con ancestrales sinfonías que a casi todos sumen en reparador sueño. Algunos velan sus melodías y pueden observar como comienzan a tomar forma las luces de la cósmica oscuridad.


Insuficientes para alumbrar el sendero, avivan con su presencia otras percepciones de nuestros sentidos, haciéndonos vivir un nuevo y magnífico torrente de preñados sentimientos.
Algunos ocasos del año, apenas suenan los primeros acordes asoma le perfección. La hermosa Venus arrullará su sueño, la nueva fase lunar se irá suavemente con él, y al privarnos de su tenue luz nos permitirá observar las más bellas luces de la noche.


Quizás podamos divisar el plateado brillo del turbulento Júpiter. Su enorme tamaño le permite imitar al Sol y tener su un gran séquito de satélites.
Con un pequeño telescopio, podemos distinguir cuatro de ellos de brillante hechura acompañando al monumental coloso.
Con gran celo los mantiene prisioneros en su invisible campo gravitacional sin que se atrevan a modificar su pausada y rítmica danza en torno a él.


Tal vez la fortuna nos permita advertir como su errante y rojo compañero Marte, en apacible pero incansable caminar, abriéndose paso noche tras noche entre fulgurantes campos de estrellas, avanza porfiado hacia él.
Es el guerrero de la noche, su helada piel apenas recubierta de ligero velo no busca abrigo, sino tal vez, al igual que nuestro hidalgo caballero, ideales batallas que librar, brillantes lunas que amar, cometas a los que desafiar o simplemente la fortaleza y libertad de su soledad.


El aguerrido planeta no tiene sesudo escudero, solo dos leales, curtidos y pétreos compañeros: Fobos y Deimos.
Lo alcanza, lo rebasa y lo deja atrás, esa es la forma en la que muestra a Júpiter su fortaleza, desde la indiferencia, como si el descomunal nómada no fuera enemigo tal.
Ojalá nuestras guerras fueran como estas incruentas batallas del universo.
El miedo a lo desconocido nos mantiene temerosos de la oscuridad, pero sin ella no sería posible la observación de tan fastuoso e incomparable paraíso.
La oscuridad ha sido cómplice del amor, el temor ancestral a ella nos ha llevado al contacto de nuestras pieles, haciendo brotar la pasión y tras ella la ternura.


La complicidad del claro de Luna eleva nuestra capacidad de percibir y un estremecimiento invade nuestra mente y domina nuestros sentidos. Sumidos en el cortejo purificamos nuestras maltrechas vidas recibiendo una pequeña dosis de felicidad.


Las aglomeraciones de estrellas en la Vía Láctea, la pálida percepción de la galaxia de Andrómeda, la inmovilidad del sistema triple Polar, la perfección de la constelación de la Lira, la geométrica disposición de las estrellas de Escorpio y Sagitario, el brillo de la súper gigante roja Betelgeuse y el cúmulo estelar abierto de las Pléyades, son ejemplos de ese petulante pero anhelado juego de luces que nos muestra indiferente su esplendor.
Queridos amigos son las 17H20 y está llegando mi nieta María, así que el resto de estas breves palabras tendrán que esperar para ser escritas.
Solo la luminosa ‘Sirio’ es comparable a este pequeño cargador de baterías que disfruto en mi casa unas horas cada semana.


Viernes, 15 de Noviembre de 2008, 09H15.

No es de extrañar que los agoreros hagan que su trabajo sea pésimo en sí mismo y cometan un gran error al poner en su punto de mira la seductora belleza de una noche cometaria, pero claro: ¿alguna vez aciertan en sus parcos, imaginados e ignorantes presagios?
Estos apagados objetos en la lejanía solar, cobran brillo y esplendor en las proximidades de su radiante carcelero al que siempre dan la cara en su periastro recorrido.


Viajeros de incierto retorno y objetos de ansiada espera, son como los amigos, siempre están aunque no se vean.
A lo largo de su cósmica vida aparecen para dar satisfacción a una desvanecida cordialidad, a veces casi apagada en los lejanos recuerdos de los días del pasado.
La amistad es una huella que el tiempo no puede borrar, porque quizás sea de todos los sentimientos, el único verdaderamente libre, aquel que ataduras no impondrá jamás.
Si el cometa no reaparece cuando se espera en el cielo estrellado, no lo dudes, no te ha abandonado por propia voluntad. Simplemente no volverá.


Pero siempre quedan los recuerdos de los instantes compartidos, siempre vivirá en ti el prodigio de las más bellas luces de la oscuridad, el inigualable espectáculo de la fugitiva visión de las efímeras estrellas fugaces.
Un abrazo para todos vosotros y un recuerdo para aquellos que las serenas luces de la noche pueden poner sus susurros en nuestros corazones.

Viernes, 15 de Noviembre de 2008, 12H30.

-fbalemán-